Enrique Heredia “El Nano”

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A todos nuestros queridos Socios:

Me apena profundamente teneros que comunicar que nuestro amigo entrañable Enrique Heredia “El Nano” ha dejado de estar entre nosotros el pasado mes de Agosto en que su alma dejó esta su “Sevilla del Alma” para acompañar a Dios en sus cielos.

Hombre feliz, extrovertido, alegre, capaz de reírse de su propia sombra, educado, galán, filibustero, amador de su familia, conocedor de las calles, reservado, valiente, entregado a los demás, abnegado, trasnochador, marchoso, dicharachero, ingenioso, bromista, charlatán y chistoso, entre otras muchísimas cosas.

Enrique “El Nano” de un corazón más grande que la altura de su talle. De unas condiciones humanas inigualables e inimitables. Con la seguridad de que su bandera fuese siempre la “LIBERTAD”, así entendida, con mayúsculas. Sin reloj en su muñeca, con tiempo para todos y amigo de cielo abierto azul y claro.

“El Nano”, gitano por los cuatro costados. Orgullo de su raza y emblema para muchos de la bandera de la “buena gente”. Amante de la vida, de los buenos ratos, de un momento de ternura, de sonrisa fácil y agradable, de ademanes infinitos llevados a sus manos, a sus ojos, a su cara, a todo su cuerpo para explicarte que la vida es un regalo lleno de sorpresas que no debemos rechazar. Fuerte y flaco, genial y sutil, grácil y delicado, de poca vanidad y gran orgullo. Con la frente muy alta ha sabido siempre llevar hacia delante a todos los suyos.

Recuerdo un día que me sentí atrapado por la soledad. Mi amigo del alma se dio cuenta que me hundía en mis penas y se acercó hasta mí para no dejarme desfallecer. Con el arte que Dios le dio, las artimañas más delicadas, con su gracia y su flaco y huesudo cuerpo, se las ingenió para hacerme hablar y que le contase todas las preocupaciones y elucubraciones que por mi cabeza paseaban sin cesar. Toda la noche estuvimos hablando y hablando. Toda la noche estuvimos bebiendo y bebiendo. Toda la noche acompañados por un infiernillo, una mesa de camilla, dos sillones roídos y dos botellas de güisqui a las que supimos dar buena cuenta. Cuando amaneció, salimos los dos de la Caseta de feria, era época del montaje, y llenándonos de abrazos y más abrazos nos despedimos llenos de satisfacción y gozo. Aquel pequeño gitano de barba sin arreglar, con los pelos de un fantasma, la cogorza en sus carnes y sus manos azotando al viento para poder expresar sus sentimientos, me hizo ver la realidad. Que bonito fué que un consejo de amigo me hiciera volver de nuevo a la vida. Yo había perdido el rumbo aquella noche y mi amigo “El Nano” me supo llevar a buen destino. Con solo una palabra que yo tenía olvidada en mi diccionario fue suficiente para hacerme volver a la vida con ilusión. Aquella palabra fue “esperanza”. Me dijo: “La esperanza es lo último que se pierde Luís”. Allí me encuentro en medio de la nada llorando a borbotones, abrazado a mi gitano y queriendo a la vez reír de felicidad.

Que contentos estarán en el cielo de tenerte a su vera. Ya no se sentirán jamás solos, porque tú con tus gracias y tu no parar de hablar llenarás todos los espacios infinitos del Universo.

Ya no te veremos más esperándonos en la Caseta para colgar el último cuadro y rematar el último farolillo.

“NOS VEMOS NANO, NOS VEMOS ALLÍ,
NOS VEMOS EN LA FERIA,EN LA FERIA DE ABRIL”.

Ya no podré ver como te subes a los brazos de Carlos el “segurata” de un salto, ni discutir, o lo que fuese, con nuestro amigo Alberto. Ya no tendré esos momentos de que con tus palmas y baile sacabas mi “vena” caló a relucir. Cuantas las cosas y cuantas las veces que tendremos que decir: díselo al Nano, mientras, uno, pregunta: ¿Donde están las puntillas? ¿Dónde está el martillo de bola? ¿Quién tiene un cable alargadera? Y miles de preguntas más a las que cualquiera respondía: Pregúntale al “Nano” que seguro que lo sabe.

Querido Nano, te digo hasta pronto, no adiós. Te digo con un nudo en la garganta, el corazón en la mano y el alma partía: